lunes, 8 de diciembre de 2008

Un camino entre los agaphantus

El sábado pasado transité por un camino muy conocido: el de los recuerdos, la añoranza, condimentado con nostalgia y algo de tristeza. Hace dieciocho años dejaba un ramillete de globos en el lugar en donde descansan los huesitos de Marcos.Era su estuche, el cuerpo que conocí, de mi niño al que sigo amando. Ahora de otra manera, sin el dolor lacerante de las distancias de los primeros años...
El color azul fué la marca desde la primera vez que caminé por colinas. Ese primer seis de diciembre el cielo estaba encapotado, lloviznaba de a ratos; recuerdo con claridad cómo se apartaron las nubes y por ese hueco entró un rayo de sol, dejando ver un cielo extremadamente azul. Y azules son los agaphantus que bordean los senderos hasta su sepultura. Azul fue la mariposa que llevaban los jazmines en esta reiteración del ritual.
¿Por qué vuelvo si él no está ahí? Porque los rituales ayudan a organizar las emociones, esas que a veces se desbordan. Porque afirman algunas certezas, confirman realidades.
Vuelvo para recordar a mi hijo en silencio, disfrutando del aire, la tierra fragante, celebrando la vida... aunque parezca paradoja.
Vuelvo porque Marcos me enseñó a valorar la vida.
Vuelvo para agradecer a la vida haberlo concebido, haberlo parido, que pudiera estar un tiempo en nuestras vidas.
Vuelvo como homenaje al amor incondicional.
Vuelvo a la tierra de los agaphantus, un poco azul, un poco fresca, y sobre todo... muy mia!!!

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